La Cueva del Ángel, en Lucena, fue ocupada hace más de 300.000 años por grupos humanos que regresaron al enclave de forma recurrente. La continuidad de esta presencia convierte al yacimiento en un lugar singular en Europa, según la investigadora Sophie Grégoire, directora del nuevo equipo científico y especialista en petroarqueología.
Grégoire presentó los resultados en la jornada «Conversaciones con la Prehistoria», celebrada este miércoles en la Casa de los Mora. El encuentro contó con el alcalde, Aurelio Fernández, y la concejala de Patrimonio, Charo Valverde, y sirvió para anunciar la recuperación de las relaciones entre el Ayuntamiento y la Fundación Instituto de Investigación de Prehistoria y Evolución Humana.
Piedras llegadas desde distintos puntos
El análisis de los materiales apunta a que los habitantes de la cueva obtenían buena parte de la piedra que empleaban para fabricar herramientas en un radio de unos 20 kilómetros. Utilizaban sílex de formaciones cercanas y de depósitos aluviales del Genil, a unos 14 kilómetros al sur. Para elaborar herramientas de mayor tamaño, también recurrían a cuarcita procedente de depósitos del Guadalquivir, situados a más de 40 kilómetros al norte.
El sílex se destinaba a fabricar lascas, puntas, raspadores y bifaces. El estudio de estas materias primas ayuda a reconstruir los recorridos de los grupos en busca de piedra, animales, vegetales y agua. Aunque las visitas a la cueva eran recurrentes, su duración habría sido breve, y el territorio utilizado se mantuvo en las distintas etapas, pese a los cambios en los materiales escogidos.
El uso del fuego es una de las principales cuestiones que todavía quedan por investigar.
